martes, 21 de junio de 2011

Bus.

Otro viaje más. Te preguntas cuantas horas habrás pasado este año en ellos. De un lado a otro y del punto de ida al punto de retorno una y otra vez. Y después de tu viaje nº X por fin te has dignado a sacar el boli. Iba siendo hora. Esto se ha convertido en tu rincón de inspiración. Ahora ya conoces la respuesta. Habías abandonado a tu querida amiga dentro de un transporte como este y ha vuelto a ti con más fuerza que nunca.
Mientras intentas escribir algo inteligible entre el movimiento tembloroso de tus dedos, el ritmo del vaivén bambolea tus pensamientos hasta hacerlos estallar. Tu mente recorre cada recoveco, mostrando cada minuto pasado en uno de esos sillones tan confortablemente incómodos.
El sol te presta uno de sus rayos como iluminación mientras no llega el "lusco-fusco" ( palabra gallega donde las haya).
Y así, mientras pasan los árboles a tu lado imperceptiblemente ,te das cuenta de que hace tiempo que descubriste por que lado del horizonte se levanta Catalina, que por ahora, no deja que Lorenzo se marche a la otra punta del mundo a broncear con sus rayos a otros.
Y pasan los minutos. Pero no son perdidos. Non. Son instantes de sueño quebrantado por el miedo a pasarte la parada, de sueño invocado por el movimiento enternecedor del autobús, que hace que te rindas de cansancio como un bebé. Son instantes de charlas animadas, de conocer a nuevas personas que tienen mucho que contar o de personas que ya resultan familiares que guardan sorpresas si profundizas un poco más en ellas.
Son instantes de recuerdos. De momentos que te responden a porqué eres feliz. instantes de verdades, deseos, planes. Muchos de ellos frustrados, pero otros acabaron siendo realizados de la mejor forma posible.
Pero sobre todo, tus viajes en bus son viajes de unión. Unión de lo pasado y de lo que está por llegar. El bus que une tu morriña de llegar al hogar y la pereza de no querer abandonar la ciudad en donde te sientes realizada. Y así, kilómetro a kilómetro llegas a tu destino, dejando atrás palabras, pensamientos y promesas. Tres de las cosas más peligrosas en la vida si no sabes cómo utilizarlas.

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